Alguien construyó (cavó) este pozo para mí. Es un pozo cálido y nada desagradable. Digamos que estoy a mis anchas, una pose, eso es. Este pozo es una mera pose. Toda distancia con lo cotidiano es una pose.
Una extraña paradoja. Como dijo uno de los nuestros, lo bueno del pozo es que tiene límites. Abajo hay un piso, de manera que no puedo vivir cayendo. Puedo palpar las paredes, así que no puedo perderme, desbordarme. No es dolor desbordante, es pose. Arriba hay una tapa, creo. Quizá, yo también tenga mi chica Kasahara, poniéndole límites al cielo. El techo. Todo es una pose/pozo. Este pozo no es el infierno. Tiene límites precisos, pero, otra paradoja, su negrura es infinita. El pozo fáctico es una cajita donde quepo perfectamente. Su oscuridad, es imposible de mensurar.
Pero me gusta quedarme acurrucado, acá, en este pocito mio. De arriba, me caen, de seguido, palabras, como migas de pan que se arrojan a las palomas, como maná de los dioses para sus fieles hambrientos. Lo mejor de la pose es el mimo que llega deslizándose para alimentar. El agua de la lluvia que se filtra por las heridas de la piedra. Esa debe ser mi chica Kasahara, la cicatriz imposible.
La paradoja apoteótica reza que la oscuridad insondable es, en realidad, un cristal, a través del cual puede verse todo desde otra perspectiva. Lo negro traducido al color. El pozo tiene fondo y todas las cosas, aun las más horribles, tienen cielo en el que se amontonan estrellas, planetas rojos, lunas y luminosidades fugaces.
Ha de ser mi chica Kasahara, que en noches hermosas levanta la tapa que está en la boca del pozo. Y yo, en pose, acurrucado ahí en el fondo, recibo su agua bendita.
Al final, sumido en lo negro del pozo, en el infinito negro, puedo ver, recordar, que hay muchas cosas que brillan con luz propia, pero que, entre tanta luz artificial, se confunden endemoniadamente. Y quizá, haya por ahí, gente cayendo en pozos sin fondo.
Descorré esa tapa, por favor - grito.
Imagen:
Kasimir Malevich