Entré radiante, dándome aires de importancia. Sólo a un retardado o a un borracho baboso e incurable se le puede ocurrir venir en moto con estas temperaturas bajo cero.
Pero esa gorra nueva protegió mi cuero capilar y mis orejas y mis mejillas y puede que mis ideas, también, si alguna queda, del frío que tajeaba.
Llevaba el pechito bien henchido porque, claro, mi chulo era como la cabellera de Sansón o como los pies de Aquiles. Por otra parte, era un espléndido regalo de Flopi, lo cual no es poca cosa, considerando su reticencia a los obsequios en fechas especiales.
En el salón de recepción una veintena de imbéciles hipócritas rezaba el rosario. No sé que carajo murmuraban de dios y de la virgen. Pero sé que se dieron la vuelta cuando pasé rozándolos, sentí sus ojos, senti su aliento podrido, sentí un corito de risas grotescamente disimulados, pero no. También estaba el sindicalista arrepentido, cooptado por el poder de los billetes.
Así que me habré puesto un poco rojo. Apuré el paso, y cuando entré en la oficina, la mía, mis "compañeros" mios" se pusieron a reir, sin el vulgar disimulo de los otros, por cierto, con descaro.
- ¿De qué se ríen, de qué se ríe todo el mundo? pregunte.
- Se ríen de tu chulo, payaso, me espetó uno sin piedad.
Y esa fue, la única vez que tuve deseos de derribar columnas o de matar algunos muñecos, con la rabia del impresionante Agamenon. Pero no lo hice y sólo atiné a dejarme el chulo puesto toda la puta mañana de mayo, para que más imbéciles pudieran reirse y borrar, por un instante, las soberanas caras de ojete que los caracteriza, que llevan a todas partes, que no abandonan. De manera que pasé de ser un terrible héroe de epopeya a buen samaritano, ano, ano, ano...

